miércoles, 27 de abril de 2011

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La odiaba, simplemente por el mero hecho de existir. Siempre que pasaba por delante mía sentía cómo su mirada de superioridad se clavaba en mi pecho y seguía agujereando hasta que me atravesaba entera.
Llena de rabia, pensaba en ella todo el día, hasta que me enteré de que yo tampoco le gustaba, y fue algo que me encantó.
Fui a dónde todos nos juntábamos y la vi. Los otros se fueron un poco más lejos para jugar con la pelota. La vi en el rincón fumando y fui hacia ella. Sin decirle nada me tiré a su cuello y empecé a pegarle golpes en la cara. Ella no paraba de gritar con esa voz de niña buena que pone siempre y eso me dio mucha más rabia. Así, que para que se callara de una vez y se estuviera quieta como le decía yo, le empecé a morder la mejilla. Cuanto más gritaba, más cerca estaban mis dientes de chocarse con su mandíbula.
No paraba de salirle sangre , incluso hubo un momento en que tuve que levantar la cabeza porque me estaba ahogando.
Paró de gritar y se le empezaron a girar los ojos. Los tenía en blanco.
Todos los que parecían ser sus amigos no se habían dado cuenta de que yo, le estaba comiendo su preciosa cara, con la cual jamás volvería a mirarme.

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