Ni siquiera hacía ruido al respirar, no podía creer lo que tenía ante mis ojos.
Sí, había muerto; él, la persona a la que más amaba en el mundo, él, mi vida entera, ya no estaría más conmigo. Ya no me haría reír ni dormiría abrazado a mí hasta que tuviera que ir al trabajo.
Ya no podría llamarle para que viniera corriendo cuando yo no paraba de llorar, y lo peor de todo, es, que ya no le tendría nunca más entre mis brazos, ni siquiera podría besarle cuando me despertara.
No me quería separar de él, pero la policía tenía que llevárselo. No aguantaba la idea de que le hicieran la autopsia a su cuerpo ya que era mio y no quería que nadie más lo tocara.
Ahora lo amaba más que nunca, pero antes de hacerlo lo odiaba tanto que quería que sufriera ante mí. No podía soportar verlo feliz con ella, ni que pasaran por delante mía, ella con cara de guarra y el con cara de pena. No podía dormir pensando en que ellos estarían abrazados y soñando con una vida juntos. Me carcomía el odio. Así que decidí darle fin a todo esto.
Me levanté de la cama en pijama, me metí en el coche, sin haber cerrado la puerta de casa siquiera, y conducí por la autopista hasta llegar a su casa. Lugar en el cual pasé los mejores momentos de mi vida. Cuando llegué, me quede parada, mirándola y recordado lo feliz que había sido y lo hundida que estaba ahora. Un par de lágrimas brotaron por mis mejillas, y decidí entrar.
Subí las escaleras de caracol, atravesé los oscuros pasillos hasta llegar a su habitación, y lo hice.
Lo maté, sí. Pero no podía soportar que me hubiera engañado con otra.
Cuando ella despertó pegó un grito, y yo me quedé inmóvil, Mirando como borboteaba de su corazón la sangre que yo había hecho salir con un viejo cuchillo de cocina. Inmediatamente llamó a la policía y mientras me ponían las esposas empecé a reírme, porque ya no estaría más con ella, ni conmigo.
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